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En espera de la dulce espera


La palabra que mejor describía mi anticipación hacia la dulce espera: esperanzada. Anhelaba quedar embarazada, vivir un embarazo, tener un bebé. Buscaba albergar a mi primer hijo en mi vientre, verlo nacer, crecer. Esta esperanza a veces trae decepción, desilusión, angustia e incluso temor. La espera hacia una dulce espera se sentía como dicen del embarazo, eterna. 
         
Buscaba por todos lados un motivo que indique que estaba embarazada. Volví a mis épocas de pubertad, deseando que mi regla se fuera. No había nada.

Me realicé un par de pruebas, todas mostraron una sola rayita, desilusión total: embarazo, negativo. Me preguntaba, ¿Podré tener hijos? ¿Por qué no quedó embarazada?

Después de acudir al médico y confirmar que todo estaba bien, usé un antídoto para deshacerme de la preocupación e incertidumbre, dejar que toda fluya. Me relajé y dejé todo en manos de la naturaleza. Que pase lo que tenga que pasar, que todo siga su ritmo y mi vida su rumbo.

Un par de semanas después sucedió algo maravilloso. Mi deseo de pubertad y de querer ser madre se cumplió. Mi menstruación no había llegado como de costumbre, puntual en la mañana de aquel día. ¡Había desaparecido! Era la primera señal de que venían grandes cambios.

Decidí comprar una prueba de embarazo de inmediato. ¿Quién se puede resistir a una ilusión inminente? Esta vez tenía a mi periodo ausente como prueba de un posible embarazo.

Con mi corazón lleno de esperanza y una mano temblorosa me hice la prueba. Dos rayitas rosadas le dieron inicio a mi nueva realidad. ¡Estaba embarazada! La felicidad brotaba desde lo más profundo de mi ser. Pensé que me estaba haciendo la prueba sola. Al contrario, me hice la prueba acompañada de mi bebé. 

Ese momento es un tesoro entre mis recuerdos. ¡Cómo olvidar la primera vez que te enteras que estás creando vida!

Cuando decides tener un hijo te imaginas cómo va a cambiar la vida. Sin embargo, no es hasta que alguien o algo te dice “estas esperando un bebé” que cesa la imaginación. Es verdad que la vida te puede cambiar en un minuto, la prueba de embarazo es testigo de eso. A partir de esa noticia empecé a cuidar lo comía, lo que hacía y hasta cómo dormía. 

A partir de esa noticia empezaba a enamorarme de un nuevo amor, Aprendí que amores como ese valen cualquier espera, porque cuando llegan son eternos.  

En el instante que tu embarazo es confirmado, te sumerges en una nueva realidad, la vida empieza a cambiar. ¡Bienvenida sea la dulce espera!  ¡Bienvenido sea ese nuevo amor con quien tanto soñaste!


             Foto: @mayraelisab

Foto cortesía de Clearblue

 Este post está patrocinado por ClearBlue. Para obtener más información de las pruebas que ofrece Clearblue, puedes visitar su sitio oficial. También puedes conectarte con Clearblue a través de Facebook, Twitter y YouTube.







Mi corazón quiere amamantar

A menudo se enfatiza la importancia del apoyo y la información para lograr una lactancia exitosa. Esto es vital a la hora de emprender ese camino de aprendizaje mutuo entre tú y tu bebé. Son la información y el apoyo que te ayudarán a  reconocer malestares como la mastitis, aprender cómo extraerte leche y cómo almacenarla, y sentirte cómoda a la hora de lactar, sea en público, entre familiares o en el trabajo. 

Pero otro factor que también se debería resaltar es el deseo e instinto maternal de la mujer. ¿Dónde se encuentra nuestro corazón de madre en cuanto a la lactancia? ¿Lo ves como un deber o un regalo?¿Disfrutas o reniegas? ¿Es responsabilidad o entrega? Al elegir la lactancia,  ¿Te guío tu instinto o la sociedad ? ¿Son más las preocupaciones del que será que las ilusiones del qué podría ser?  Este tipo de preguntas son esenciales, especialmente cuando te debates entre continuar la lactancia o descontinuarla.

No basta con que nuestra mente sepa qué hacer, nuestro corazón  necesita estar conectado a toda esa razón.   

Para mí, la respuesta a esa pregunta fueron una serie de afirmaciones. De no ser por esos pensamientos positivos, es posible que las preocupaciones me hubiesen consumido.  Taché las inquietudes.  ¿Y si se me seca la leche? ¿Y si no alcanza con lo que deje almacenado? Y le di la bienvenida a mis deseos maternales y mi instinto, mis deseos de querer una lactancia para mi nena.

Desde el embarazo decidí que iba a amamantar a mi bebé. La leche materna alimenta, protege, y ama; yo quería eso para ella. Quería que saciara su hambre y sed, que le protegiera de enfermedades y que nos regalara un vínculo emocional fuerte y bonito. Lo bonito era imaginármela entre mis brazos.

Cuando nació mi niña, ella confirma que su alimento seria la leche de mamá. Regrese al trabajo cuando tenía dos meses de nacida, porque mi estatus de madre soltera de dos guaguas no  me daba para más. Aceptar esto fue desalentador para mis deseos de tener una lactancia exitosa.

Pero, bastó con reconocer que amamantar representaba un privilegio y un derecho, para mi bebé y para mí, para dirigir mis ánimos en el camino en que nos encontramos ahora, el de una lactancia placentera. Con los senos de mi naturaleza y un biberón llenito de lechita de mamá como asistente, mi niña ha mamado leche materna por 13 meses, alrededor de seis como alimento exclusivo.


¿Y dónde se encuentra mi corazón en todo esto?
Cuando a los tres meses de embarazo me goteo un poco de calostro, ahí estaba mi amor por la leche. Ese día fui muy feliz de solo pensar que eso era una buena señal y que podría amamantar a mi bebé. Cuando cuido lo que como y prefiero las comidas nutritivas a las chatarras y al café, ahí está mi corazón. Las veces que se me hinchaban los pechos y dolía y en la alegría de ver botellitas llenas de leche, ahí también estaba. Cuando se me secaba la leche y fueron más las ganas de vencer los retos que desistir, allí también.  

Desde hace tiempo yo estoy nutriendo el compromiso que hice para el bienestar de mi bebé, con ella y con mi propio ser.  Parte de mi corazón está en la leche.  Mi corazón está amando a mi Flor. 


Niña de nueve años aprende inglés



Cuando llegue  a Estados Unidos a mis nueve años, lo que me causo más frustración era no saber inglés. Recuerdo las caras burlonas de mis compañeros cuando me decían algo y yo me quedaba muda. La inquietud y frustración de querer aprender eran tan grandes que incluso le pedí a mi papa que fuera a hablar con la maestra  del programa de ESL (English as a second language) de la escuela, porque “Leyendo libros en ingles  no  estaba aprendiendo nada, ella no me estaba enseñando nada”.

La maestra le explico a mi papá porque nos sentaba a leer libros que ninguno de mis compañeros entendía. Mi padre me obsequio su traductor eléctrico que trajo de Ecuador. Me quede en el programa y entre libro y traductor, yo misma iba a averiguando que significaba cada palabra. En el salón de ESL seguíamos leyendo libros y nos deteníamos para aprender una que otra palabra. 

Ese año de tercer grado descubrí mi amor por las letras…en inglés. La biblioteca se convirtió en mi lugar favorito y era tan bonito entender lo que decían mis compañeros y los maestros. Cuando leían la lista de asistencia ya decía “Here” e incluso me convertí en la traductora oficial de mis padres.  
Eso sin duda, es otro gran reto a la hora de aprender inglés. Si no se está expuesto al lenguaje en casa, puede ser un poco más difícil, en mi experiencia por dos razones: no tienes con quien practicar y nadie que te corrija. Sin embargo, a la vez esto me sirvió de inspiración. Yo quería ser la maestra de inglés de mis padres.  

Antes de que empezara el cuarto grado, nos mudamos. En mi nueva escuela me hicieron un examen de aptitud para determinar si era necesario que continuara en el programa ESL. Pase la prueba con una alta puntuación que indicaba que yo ya sabía inglés, por lo menos lo suficiente como para convivir con mis compañeros gringos y retirarme del programa. Los expertos coinciden en que un niño debe permanecer en un programa de ESl de 3-5 años. Yo no llevaba ni uno.

La verdad es que aún no entendía mucho. Creo que pase la prueba de suerte. Es distinto hablar el inglés  que escribirlo y leerlo. Yo lo leía de maravilla, pero hablarlo con todas sus pronunciaciones frenéticas era terreno con baches. 

Desde ese año no volví a ningún programa para aprender inglés y en pocos meses ya confiaba en mis capacidades. Estoy segura que lo que me ayudo a avanzar mis conocimientos fue estar expuesta más al lenguaje y practicarlo con más frecuencia. En un salón con compañeros que en su mayoría hablaban inglés, eso fue más fácil.

Hoy en día domino bien el inglés, pero como cualquier idioma, hasta el propio, siempre se sigue aprendiendo. Recuerdo con cariño a mi maestra boliviana que nos sentaba a leer lo que no entendíamos. Despertó en mí una gran inquietud y curiosidad. Sin embargo, hubiese querido participar más  en las clases normales como todos los demás sin necesidad de asistir a ESL. 

Años después entendí que no siempre es necesario que te enseñen, lo más valioso es aprender; que cada quien tiene su método y su ritmo, y que los I love You pueden ser tan bonitos como los Te Quiero. 



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Criando hijos bilingües│Desafíos y consejos








~Lis